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Nota: cada uno de estos relatos están contenidos en el libro Cuando el corazón se expresa y están registrados como propiedad intelectual.         

    
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                                                                 Creando distancia

 

                                           ¿Quieres que te cuente una historia?

 Vivía yo durante mucho tiempo en una bonita ciudad, con mucha actividad, gente que iba y venia, situaciones que se sucedían unas a otras. Formaba parte activa de esta sociedad, tal como salía a la calle por la mañana mil conversaciones sujetaban mi atención. Ahora entraba o salía, llegaba o me iba de cualquier situación.

 Pero siempre tenía la sensación de que olvidaba algo,

 si salía de casa, dudaba si había cerrado la puerta,

cuando salía del mercado sentía que me faltaba algo.

Al encontrarme con algún conocido, olvidaba preguntarle alguna cosa que necesitaba saber.

O mas raro aun, en muchas ocasiones me miraba los pies pensando que quizás olvide calzarme antes de salir.

  Cuando hablaba de esta olvidadiza mente mía, otros afirmaban que era normal. Pero a mi me inquietaba me hacia sentir que me perdía parte de mi vida. Dedique muchas horas a reflexionar sobre estos aparentes olvidos y un día de forma “causal” me halle sentada en lo alto de una colina que oteaba la ciudad.

  ¡De pronto! como si de algo mágico se tratara me di cuenta. Desde allí arriba todo se veía con mucha mas claridad, ¡cuanto espacio!

 Mira ahí va María, he de preguntarle por su marido.

 El mercado… los tomates para el gazpacho…

Pero ¡que bien me sientan estos zapatos con el vestido nuevo!

 Me entro curiosidad por saber si desde otro lugar más alto todo se vería aun con más claridad. Claro, enseguida me fui a buscar ese lugar y cual no fue mi sorpresa que desde allí se veía aun más.

 No solo observe a María caminando por la ciudad, si no que sentí lo preocupada que estaba por alguna contrariedad.

Supe que no solo era el mercado quien abastecía mi necesidad, que todo estaba lleno de frutos, sensaciones y emociones que experimentar.

 En ese momento conocí la felicidad, crear distancia entre lo que miro y mi realidad, me da la oportunidad de Saber y Ver la Realidad.

 

 

 

 

                                    Los caballos bien atados en las cuadras

 

 Una hermosa hacienda elegí para vivir en estas tierras. No sabía cuanto tiempo habría de pasar por aquí, ni cuantas situaciones vivir, así pues no escatime medios para proveer a este hermoso terreno de alimentos que lo nutrieran y lo hicieran crecer.

  Construí un bonito palacete al estilo de los indianos que fueron a hacer las Américas, bonito y bien plantado pero fresco y alegre como el carácter de aquellos que lo inspiraron.

  Muchas moradas, así les llama una amiga a los aposentos de una casa, hacían del palacete un lugar agradable y sereno. En el mismo centro, una estancia diáfana era la reina de la casa, silencio, fresco y aromas celestiales te envolvían cuando entrabas.

  Otras estancias rodeaban este centro, donde descansar y tomar fuerzas, compartir charlas y ocio, asearse y engalanarse o elaborar delicatessen que alimentaban el alma.

 Hermosos jardines rodeaban esta casa, rosales cuidados con esmero, frutales que endulzaban el paseo y un grandioso roble centenario y bien puesto.

  Contábamos con un establo de selectos ejemplares, criados desde hacia años  miembros eran de la casa. Un semental zaino, llamado Furia o Rabia, no se, no recuerdo, pero si que recuerdo el momento en que me hice su dueño, imposible de olvidar aquel momento. Otros caballos de raza, Envidioso, Orgullo y Celoso.

  Los caballos para la labranza, la yegua Constancia y el mulo Pereza. Una hermosa yeguada completaban nuestras cuadras, Destreza, Elegante, Presencia y Sabia eran la admiración del pueblo cuando las paseaba.

  Ni recordar quiero aquella ocasión en que Furia se volvió loco, aun no se sabe porque, si fue Orgullo o Celoso quien lo molesto, o quizás todo se desencadeno cuando se llevaron a Presencia para ser apareada por el semental de otra cuadra.

  Que mas da que lo origino, lo cierto es que el caos y la destrucción lo envolvieron todo, los caballos asustados por Furia se escaparon de las cuadras, destrozando los rosales y entrando en cada aposento, destruyendo todo el mobiliario.

  ¡Ay, los caballos desbocados como pierden la belleza y son el horror de su amo!

  Cuando por fin se calmaron, el mundo se quedo parado, todo el trabajo realizado había sido destrozado. Tiempo dedique a llorarle a aquel entorno desolado pero cuando tome fuerzas a reconstruir todo metí mano.

  Lo primero que advertí al recoger los caballos es que nunca he de apartar a Presencia de otros miembros del establo. Pasito a paso reconstruí cada “morada “, llegando así hasta el centro de la casa, donde no se como ni porque no se atrevieron a entrar estas bestias desatadas.

  Como amiga te diré que pases cuanto tiempo puedas en tu principal estancia y cuando te muevas por tu casa, mantengas a los caballos bien atados en las cuadras.

 



       De donde la ciudad pidio la ayuda de Doña Luz

 

       Había una vez una casa donde habitaba oscuridad, un lugar inhóspito incluso para su dueña la señora Oscuridad, nadie pudo entrar nunca en aquella casa, nadie se atrevió tan siquiera a acercarse, por temor a desaparecer entre tanta oscuridad.



           Se oía a veces un gran tumulto dentro como si se entablasen continuas batallas, otras el silencio era roto por un  sollozo penetrante. Nadie vió nunca a Doña Oscuridad aunque si se podía sentir su presencia amenazante sobre todos los habitantes de aquel lugar.



            Cierto día un nuevo miembro se incorporó a la vecindad, nadie le conocía pero a todos resultaba familiar, su casa era esplendida tan luminosa que no se necesitaban farolas para iluminar aquella zona de la ciudad.



            Bien conocida era ya la presencia de Doña Luz en la ciudad, en el vecindario todos comentaban cuanta luz había traído la señora Luz  a aquel lugar. Un día, hablando hablando, plantearon la posibilidad de que quizás Doña Luz podría sacar de las tinieblas a Doña Oscuridad.



           Al tratarlo con ella aceptó con gran voluntariedad y se dispuso a sacar a su vecina de tanta oscuridad. Ninguna herramienta necesitaba Doña Luz para llevar a cabo su propósito, sólo su presencia y esperar con paciencia observando, el momento de actuar.



          Ese momento llegó, la oscuridad era total, el temor palpitaba en el corazón de la cuidad, Doña Luz se dió cuenta que era el momento de actuar.

 



          La luz fue penetrando con fuerza la oscuridad, mucho era el estrépito que salía de aquel lugar, ira, rabia, celos, miedo, envidia y mucho mas salpicaban violentamente las paredes de la casa de Doña Oscuridad, mucho tuvo que limpiar, mucho tuvo que ordenar Doña Luz aquella casa, mucho que batallar.

 

         Preocupados los vecinos  esperaban el fin de aquella batalla campal, esperando que saliera despavorida o vencida la oscuridad de aquel lugar. Sorprendentemente quien salió fue Doña Luz, se la notaba cansada pero más luminosa aún si cabe.  Al preguntarle donde quedó Doña Oscuridad, esta dijo que nunca  existió la llamada Oscuridad, fue tan solo la imaginación quien creó aquella ilusión en las mentes de todos los habitantes de la ciudad.



             Los vecinos alborotados decían que era imposible, que ellos mismos habían oído a Doña Luz batallar, y los gritos de Doña Oscuridad. Muy serena Doña Luz les volvió a asegurar que aquello de lo que hablaban formaba parte del vivir de aquella ciudad y lo que ella encontró dentro de la casa es lo que no se puede nombrar.

 

         

    

         

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